Cuento base para guión de
cortometraje
Percy Grundy Bilbao
Septiembre 2012
Lentamente, las luces de un nuevo día se filtraban
a través de los resquicios que dejaban las depresiones de las montañas que
rodean la ciudad de La Paz, la temperatura del momento permitía vaticinar un claro y
tibio día primaveral. La cabeza de Pedro de abundante y rizada cabellera
permanecía hundida en la almohada, mientras su mente continuaba sumida en el
estado letárgico que produce el despertarse a una hora no acostumbrada. Pedro
era noctambulo por excelencia, la mayor parte de su actividad la realizaba
durante la noche, por consiguiente madrugar no era una de sus costumbres.
Sintió el cuerpo demasiado húmedo de transpiración, atribuyo a esta melosidad molesta
el haber despertado tan temprano.
Comprendió rápidamente que no podía seguir durmiendo en esas condiciones,
muy a su pesar decidió levantarse con la intención de tomar una fresca ducha y
continuar el día.
¿Levantarse? tendría que hacerlo de a poco.
Pedro se sentó al borde de la cama como haciendo pausa para continuar con más
impulso. Pasaron algunos minutos en esta
posición, se rascó la cabeza y frotó los ojos, estiró los brazos disfrutando la
agradable sensación muscular, luego quedó estático un tiempo mientras transitaba
en su mente, el deseo de retroceder, para volver a acostarse cubriéndose con
las frazadas y continuar con el placentero sueño. Estando ya a punto de estirar
el cuerpo sobre la cama, vio entre sus pies una llave suelta. Se trataba de una
llave poco común y esto llamó fuertemente su atención. Pedro no era un hombre
muy meticuloso así que pensó que la llave habría caído de alguno de sus
bolsillos pero no recordaba a que cerradura pertenecía, levantó la llave para
depositarla sobre la mesita de noche al lado de la cama, olvidado el deseo de
volver a dormir se dirigió a la ducha refrescándose con agua ligeramente
templada.
Habían corrido algunos minutos, Pedro
terminó de acicalarse, pensaba en organizar su día mientras saboreaba un amargo café, súbitamente,
recordó el hallazgo de la mañana y sintió curiosidad por saber a que puerta
pertenecía la referida llavecita. Mentalmente repasó todas las puertas del
departamento, no pudo asociar la llave con ninguna de ellas. La solución no estaba
en su memoria, decidió que debía probar en cada una de las cerraduras de su
vivienda y una por una fue descartado a todas las puertas del interior, probó
sin éxito en muebles, escritorios y en el cofre de seguridad. Salió del
departamento e intentó meter la llave en la cerradura de la puerta principal y
el resultado fue el mismo, la llave no correspondía a esa puerta. Intrigado más
aún, Pedro decidió probar en las diferentes puertas del piso en que se
encontraba su departamento, ninguna de las cerraduras coincidía con el esquema que
le permitiera introducir la llave a su interior.
El joven comenzó a sentir una extraña
ansiedad por descubrir la cerradura a la que pertenecía la llave. Recorrió
todos los pisos del edificio probando en cada una de las puertas exteriores de
los departamentos, al no encontrar una sola cerradura que permitiera introducir
la llave, decidió salir a la calle y probar en cada puerta de su cuadra, encontrando
invariablemente el mismo resultado, continuó luego con las puertas del manzano,
de los manzanos aledaños, en cada una de las casas y edificios de la zona, alcanzando
siempre al mismo resultado. Cuanto mas puertas probaba sin éxito, mayor era la
ansiedad que ya empezaba a convertirse en angustia. Pasaron las hora y Pedro
siguió probando cada una de las puertas del barrio no sin tropezar con algunas
personas que lo miraban indignados pensando que se trataba de un extraño ladrón
o creyendo que estaba demente.
Llegó la noche, el cansancio obligó a
Pedro a regresar a su morada, no había comido nada durante el día, pero, no
sentía hambre, tomo tres vasos de agua al hilo, se tumbó en la cama quedando
profundamente dormido. Pasaron solamente dos horas cuando Pedro despertó y su
mente lo llevó nuevamente a la llave, planificó como recorrería al día
siguiente, las calles de los barrios aledaños para poder probar la llave en
cada una de las puertas que encontrase en su camino. Apenas despuntó el nuevo
día Pedro inició búsqueda con mayor ahínco que la jornada anterior, lamentablemente
con similar resultado. La frustración que le producía una prueba fallida
aumentaba la ansiedad angustiosa por descubrir la solución a su terrible inquietud.
Los días fueron sucediendo uno tras otro,
Pedro fue reduciendo cada vez mas el tiempo dedicado al sueño, las noches
servían para planificar los recorridos del día siguiente, y el día para
concretarlos. Cada intento fallido aumentaba la obsesión y la desesperación por
buscar la siguiente puerta. Pedro perdió peso, descuidó sus rutinas de aseo,
comía muy poco aunque si ingería mucha cantidad de agua.
Para Pedro todas las cerraduras eran
posibles candidatas, probando inclusive cada una de las casillas del correo,
los candados de los nichos del Cementerio General, y las cerraduras de los
automóviles estacionados en su camino.
Transcurrieron tres semanas desde que
Pedro encontrara la llave a los pies de su cama, cuando una mañana se encontraba
probando las puertas de la zona cerca al Montículo, la llave coincidió con la
cerradura de una vetusta puerta, los goznes de bronce corroídos y el maderamen
astillado daban la impresión, de que esta puerta no fue abierta en mucho
tiempo. El corazón de pedro saltó por la emoción del descubrimiento, por fin
había un cerrojo que permitía introducir la llave, suavemente giró la muñeca,
la cerradura cedió permitiendo empujar la puerta para abrirla. Desde afuera se
veía el ambiente oscuro, no era posible distinguir nada. Pedro decidió dar un
paso hacia adentro, pausadamente siguieron más pasos hacia el interior, hasta
que se detuvo cuando vio parado al frente, a un viejo muy alto y de cejas muy
espesas. El hombre viejo sonrió, mirando al joven le dijo. –Pasa Pedro, te
estuve esperando por varios días. ¡Bienvenido al infierno JA JA JA JA!.
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