sábado, 1 de diciembre de 2012

La historia verdadera del oro de Carlos


Nouvelle - diciembre 2011
Percy Grundy Bilbao





Capítulo 1

Los marcos metálicos de las ventanas laterales parecían estar como sellados por soldadura de acetileno, a pesar de algunos vidrios rotos, el aire no refrescaba en absoluto, el bus apestaba a una mescla de sudor y humedad junto con el típico olor a vegetación tropical de la zona, a este hedor se añadía el putrefacto aroma de cascaras de mandarina desparramadas en el piso por alguno de los viajeros que habían abordado el vehículo hacia ya algunas horas. Con los ojos entrecerrados por el sopor y el sueño que le asediaba Carlos veía desde su asiento a través del sucio parabrisas, la visión que capturaba su atención, era el caballito metálico sobre el capó del Dodge celeste modelo 1950, esta visión fue suficiente para evocar a otro caballito pero no de metal sino de carne y hueso.

Fue cuando tenía la edad de 11 años un día que acompañaba al tío Leoncio Pérez, en un viaje de compra de carbón para comercializarlo en el pueblo de La Asunta. El tío Leoncio, tutor obligado a la muerte de la madre del niño, montaba una magnifica y saludable yegua de cuya montura tiraba las bridas de las tres mulas que llevaban la carga del carbón. A Carlos el tío le asignó un caballo pequeño que el niño pudiera controlar con facilidad para que la compañía del pequeño  no se convirtiera en un afán adicional. Toda la operación comercial había sido exitosa, Leoncio Pérez había comprado el carbón a un buen precio y pudo cargar las mulas para salir de retorno a una buena hora para hacer camino. A pesar de haber trabajado duramente toda la jornada, el muchacho debía desde la cola del cortejo azuzar con gritos permanentemente para que las mulas no demorasen el paso.

No pasaron más de 45 minutos desde el inicio del retorno por el sendero selvático cuando el sunicho que montaba el niño comenzó a inquietarse, - sooo, sooo- gritaba el niño para calmar a la bestia, el potrillo manoteando en el aire se erguía en sus dos patas traseras tratando de deshacerse de su carga infantil, en ese momento Leoncio Pérez gritó - que no te bote Carlitos, si se escapa no lo encontraremos, agárrate fuerte.- Al parecer el potrillo había olfateado una yegua en celo. Aunque Carlos tenía mucho miedo, más grande era el temor por la reacción del tío si perdía al sunicho. Al sentir que no podía deshacerse de la carga, el potrillo emprendió carrera entre los arboles en busca de la yegua en celo.

Carlos no se desprendía del potrillo y durante el tiempo que duró la búsqueda de la hembra el pequeño cuerpo era azotado por las ramas de los arboles, aun así el niño se aferraba con toda la fuerza de las pequeñas manos a las crines del animal. Cuando el potrillo encontró a la yegua, esta se adentraba mas al bosque iniciando el juego escape y persecución típico del coqueteo sexual. Al cabo de varios minutos Carlitos sintió que sus manos adormecidas por el esfuerzo ya no podrían sujetarse más. El niño cayó del potrillo y éste se interno en el bosque profundo persiguiendo a la yegua perdiéndose a la vista del muchacho.

La caída no hizo grandes estragos en el físico del Carlitos pero si le provocó gran desazón, ¿como podría evitar el castigo del tío?, la perdida de un potro no le gusta a nadie y menos tratándose de un avaro como Leoncio Pérez, Carlitos decidió buscar al potro pero tenía en su contra a las sombras del atardecer que ya subían los tonos del gris y Carlitos no tenía abrigo para protegerse del frio que junto con la noche iba llegando poco a poco.

Carlitos era un niño de campo, y sabía claramente que estaba perdido, no lograba encontrar ni al potro ni el camino de retorno, le quedaban pocos minutos para encontrar cobijo en algún hueco de árbol o algún hoyo en el piso que le permita acurrucarse para pasar la noche, Afortunadamente la temperatura de la noche no bajó mucho, Carlitos amaneció un poco entumecido y acatarrado pero no agarró un resfrío fuerte. Al despertar se sintió un poco desorientado y con frio, sentía que algo le punzaba la cadera, pensó que debía ser alguna moneda que quedó de la compra de pan el día anterior y que él inocentemente olvidara devolver a su tío,  pero no era una moneda lo que causaba su molestia, era una piedrecita muy brillante que estaba debajo de su cuerpo en su improvisado lecho.

Quedo cautivado por el fulgor de esta pequeña piedra, y por intuición escarbo con sus pequeños dedos arañando unos centímetros de tierra y encontró dos piedrecitas brillantes más. La sed y el hambre comenzaban a hacer estragos, había estado desde el almuerzo del día anterior sin probar ni un sorbo de agua, el matambre del viaje se fue amarrado a la montura del alocado potro, por tanto, tomó  decisiones, suspender la búsqueda del potrillo por ahora y enfrentar la ira del tío que ya habría supuesto todo lo que pasó con el animal y hacer el camino de regreso que con la luz del día no seria una tarea imposible.

Sin tener plena conciencia de lo que había encontrado guardó las piedrecitas en el bolsillo del pantalón, y, con esa habilidad innata de las personas que crecen en el campo buscó signos para orientarse tanto para abandonar el lugar como para no volver al mismo sitio accidentalmente o por desorientación. Poco imaginaba Carlitos que esas señales quedarían grabadas en su memoria de una manera permanente con ese clase de impresión que solo los niños esculpen de forma duradera y que estos recuerdos le ayudarían a volver algún día al lugar del ocasional lecho de la noche anterior.

Luego de caminar toda la mañana, Carlitos logró salir del bosque encontró un sendero que lo llevaría a alguna parte. Muy cansado se sentó a la sombra de los árboles y mientras descansaba y organizaba los pensamientos para decidir cual dirección del sendero tomaba. Dormitaba un poco cuando escucho el sonido de los cascos de una recua de mulas que un arriero conducía hacia algún destino que el muchacho ignoraba. Carlitos preguntó al arriero hacia donde se dirigía a lo cual el arriero con la natural cordialidad de buen caminante respondió –a La Asunta chango-.

Esta información resulto maravillosa, ya no estaba perdido, siguiendo al arriero podría llegar al pueblo. En ese momento Carlitos recordó las monedas del cambio del tío y estuvo tentado a comprarle al arriero un pan y un poco de agua para mitigar el hambre que le carcomía, pero, súbitamente una idea mas brillante se le ocurrió, pidió al arriero que le dejara subir sobre alguna de las mulas a cambio de las monedas para poder así descansar de la larga caminata y avanzar lo mas que se pueda en dirección al pueblo. El arriero más por compasión que por el valor de las monedas aceptó que el mozo montara una de las mulas, también le ofreció refrigerio y se encaminaron rumbo La Asunta.

Durante el trayecto el niño recordó las piedritas brillantes que atesoraba en su bolsillo y le surgió la idea que algo debían valer, y pensó que ese seria su tesoro secreto, la única posesión privada y que nunca le contaría a nadie que era poseedor de las brillantes piedritas.

Pasaron las horas de la lenta cabalgata hasta llegar al pueblo por senderos que Carlitos no había conocido con anterioridad, su ávida mente joven asimilaba cada uno de los recodos, cuestas, descensos, arroyos y montículos del trayecto.

Un poco antes de entrar al pueblo, Carlitos desmontó de la mula para llegar caminando a la casa de Leoncio Pérez y así tal vez lograr algún sentimiento de conmiseración en el tío para atenuar rigor del castigo por la perdida del sunicho. Se despidió muy agradecido del arriero augurándole muchas venturas y buenos deseos. El agotamiento del niño era de tal magnitud, que este se movía arrastrando los pies sobre la superficie de tierra de las callejuelas del pueblo que lo conducían a su morada, tanto por el cansancio como por dilatar el castigo Carlitos caminaba con una lentitud impropia de un niño de su edad.

De ida a su destino Carlitos se topó con la profesora de castellano, docente del nivel intermedio de la única escuela del pueblo. Rosalía la profesora de castellano no era directamente profesora de Carlitos, el muchacho no había concluido aún el tercer grado básico pero Rosalía se caracterizaba por ser una persona muy compasiva y es que guardaba discretamente detalles de su vida anterior con mucho celo.


Capítulo 2

Rosalía partió de España como monja para convertirse en misionera en el Norte Argentino, era una persona muy caritativa y generosa, fiel cumplidora de las enseñanzas de los evangelios y repetidora permanente de los salmos que según ella eran el mejor vehículo para enriquecer el corazón con el amor al prójimo. Calmada y decidida en cumplir sus votos misionales Rosalía en compañía de otras dos monjitas abordó el barco rumbo a su destino en Sud América. Pasó que el barco en el que la hermana Rosalía Martínez de los Amores se dirigía rumbo al Nuevo Mundo hizo escala en un puerto intermedio. Fue en este puerto en el que subió al barco Ambrosio Montiel, un cura de vocación y conducta intachables, el objetivo del sacerdote era hacerse cargo de una pequeña parroquia en la ciudad de Tarija al sur de Bolivia.

Las tres monjitas sintieron que Dios les había mandado al sacerdote pues podrían confesar, comulgar y cumplir con las liturgias de la misa católica durante el trayecto que tomaría 17 días para cruzar el Atlántico con escalas en Salvador de Bahía, Rio de Janeiro, Montevideo y finamente llegaría al Puerto de Buenos Aires.

Afortunadamente el tiempo se mostró favorable al inicio del viaje en España y todo parecía indicar que el trayecto entero el clima no iba a desmejorar. Al principio la solemnidad del trato de las monjas hacia el sacerdote fue de riguroso protocolo sin embargo el frecuente encuentro en las cubiertas de barco hizo que este se distendiera un poco, las conversaciones pasaron de ser meramente clericales a ser mas anecdóticas, una cierta simpatía nació entre las religiosas y el sacerdote pero para Rosalía esta simpatía fue algo mas poderoso, algo que ella no sabía como interpretar puesto que nunca en su vida había sentido tal sensación estando en presencia de un miembro del sexo masculino. Era, al mismo tiempo una emoción extraña pero agradable. Al principio no hubo sentimiento de culpa puesto que la monja no lograba interpretar de que se trataba esa extraña sensación. El cura que también era bastante joven no podía conciliar el sueño pensando en Sor Rosalía, el si tenía sentimientos de culpa puesto que como confesor había escuchado sobre los reconcomios del amor y dolores del amor prohibido, pero la ingenuidad de la monja y la permanente proximidad hacían muy difícil que Ambrosio se mantuviera lejos de la atracción.

En el barco había un recinto pequeño adecuado para ser una pequeña capilla de a bordo, en la capilla había un crucifijo, la imagen de la Virgen Dolorosa y un pequeño altar donde ocasionalmente se celebraba alguna misa, en estas semanas por la presencia de los religiosos vio este recinto una frecuente actividad de oración.

Paso que un atardecer, el padre Ambrosio oraba frente al altar pidiendo fervorosamente al Creador le concediera la fortaleza suficiente para poder luchar contra el sentimiento por Rosalía que le estaba quemando por dentro y cada día se hacia más profundo. No advirtió el padre Ambrosio que en el último banco de la capilla se arrodillo la monja Rosalía, quien oraba ajena a la lucha interna de Ambrosio, cuando el sacerdote se percató de la presencia de Rosalía se aproximó hacia ella para pedirle que ayudara a adormecer el sentimiento que le consumía evitando encuentros durante el resto del viaje. Pasó que al acercarse como si el diablo lo hubiera planeado hubo una ola grande que bamboleó el barco empujando a la monjita contra le humanidad del sacerdote. Al tocarse por primera vez los dos cuerpos, cura y monja explosionaron emocionalmente, Rosalía en un instante cayo en cuenta en que consistía lo que había estado sintiendo los últimos días. Un aluvión de emociones, hormonas, sensaciones y vibraciones invadieron a ambos ingenuos y desprevenidos seres. Ninguno dijo nada, solo mostraron extrañas sonrisas que podían interpretarse como un descubrimiento pero al mismo tiempo un pacto de silencio. Se quedaron mirando algunos minutos sin pronunciar ni una sola palabra, en el ambiente se podía percibir el nacimiento del amor mas puro y más casto que podía ser imaginado ni por el mas ilustre de los poetas.

Ambos se rindieron, el resto del viaje fue solo para intercambiar miradas que remplazaban palabras que nunca se pronunciaron. La culpa se disipaba al pensar que a la llegada a Buenos Aires cada quien tomaría su propio rumbo y que nunca más se cruzarían sus caminos. Lo que no contaban es que la casualidad volvería a reunirlos en el tren que iba al norte argentino por que Rosalía se establecería en Tucumán como misionera, este mismo tren tenía conexión con el tren boliviano en Villazón, paso intermedio de Ambrosio para luego viajar en jeep hasta la parroquia designada en la ciudad de Tarija, su destino final.

Fue en el coche comedor del tren rumbo al norte que se encontraron nuevamente, la sorpresa inicial se convirtió en una inmensa dicha, el reencuentro casual fue el aviso definitivo para confirmar que sus vidas ya no podrían separarse, trataron de explicar la razón de sus sentimientos, dijeron que era el destino, o podía ser Dios o la casualidad o el mismísimo diablo, en fin ya no importaba, pidieron perdón a Dios por no cumplir con sus votos y juraron ser personas de bien por el resto de sus días pero ya nada podría separarlos. Esa noche en el camarote de Ambrosio los enamorados descubrieron el éctasis del amor. A la mañana siguiente decidieron no vestir más ni hábito ni sotana, serían simples civiles, no llegarían a sus destinos, la idea fue continuar el viaje por tren dentro Bolivia hasta llegar a La Paz, ahí ya verían como organizar sus vidas alejados de sus carreras religiosas. Ella tenia estudios de profesorado en lengua castellana y el tenía experiencia de trabajar en fundición de metales y joyería. Al llegar a La Paz, cayeron cuenta que tenían muchos vínculos con sus respectivas congregaciones y que no podrían pasar desapercibidos por lo que decidieron buscar algún pueblo más discreto no muy lejos de La Paz. Fue así como terminaron viviendo en La Asunta, ella como profesora de castellano en la escuela del pueblo y él como procesador de metales de las minas cercanas y otros oficios en los que se destacaba. Su forma de vida fue tal como acordaron en el tren: un ejemplo de virtudes y solidaridad con los demás, por supuesto nadie se enteró ni sospechó de cuales eran sus anteriores vidas.


Capítulo 3

Cuando Rosalía se topo aquella tarde con Carlitos, se llenó de compasión al ver al niño tan abrumado por el cansancio y detuvo al niño en la polvorienta calle para consolarle, ofrecerle alimentos y refresco para aliviar su sed, Carlitos aceptó de mil amores puesto que el hambre era insoportable más él sabía que llegando a la casa del tío no probaría alimento hasta el desayuno del día siguiente. En la casa de Rosalía, Carlitos junto con un vaso de leche fresca, apuró una empanada de jigote calentada previamente por la profesora. Llenar la pancita le supo a gloria. La profesora sugirió a Carlitos que tomara un baño en el patio trasero de la casa, ella le alcanzaría una caldera de agua caliente para templar el agua de la tina que recogía agua de lluvia.

Una vez terminado el aseo, el muchacho se vistió y tuvo la idea de agradecer el cariño que la profesora había demostrado a su persona, decidió compartir parte de su tesoro personal y le ofreció como regalo una de las piedritas brillantes que había encontrado en la mañana. La profesora no notó que se trataba de una piedra con algún valor, pensó que era alguna chuchería del niño, pero, prometió guardarla como un recuerdo y la puso sobre la repisa del comedorcito de la casa que a veces hacia de aula cuando Rosalía daba clases gratuitas de complemento a los alumnos con deficiencias en las calificaciones.

Carlitos con un poco más de fuerzas llegó a la casa del tío Leoncio Pérez solo para recibir una terrible reprimenda por no haber logrado conservar al caballo. No hubo oportunidad para que el muchacho lograra explicar los detalles de la perdida aunque el tío no estaba interesado en los detalles, lo único que le importaba era saber donde podrían ir a buscar al potro al día siguiente. Carlitos se acostó y por fin pudo descansar.

Al anochecer llegó Ambrosio a su hogar y fue recibido tan afectuosamente como siempre por Rosalía, el amor entre ellos no había sufrido ningún detrimento.  Luego del saludo cariñoso, Rosalía indicó a su marido que la cena estaba ya lista y se fue a la cocina para servir la comida.

Mientras esperaba sentado en el comedor sus ojos se interesaron por un pequeño objeto que se encontraba en la repisa de la habitación, retirando bruscamente la silla se levanto aproximándose más a la repisa para observar mejor el objeto que llamara su atención. -¡Hostias!¡, ¡Es una pepita de oro!- exclamó. –Rosy, ¿cómo es que tenéis esta pepita de oro?- Rosalía relato el encuentro con Carlitos y que este le había entregado la piedra brillante que consideraba su tesoro en agradecimiento por la comida  que recibiera horas antes.

-El mozalbete pudo robar la pepita de oro al tío, o a algún minero que pasó por el pueblo- afirmó Ambrosio, -No creo que la hubiera robado, ese chico es muy bueno, no le creo capaz de una conducta como esa- , respondió Rosalía. Ambrosio con una expresión de duda le contestó. –¿Porque estáis tan segura si apenas conocéis al mozalbete?, -Pues claro que conozco bien a Carlitos, es muy dulce y necesita mucho cariño. Debéis considerar que perdió a su madre muy chiquito, desde entonces tuvo una vida muy dura, el tío es un canalla y avaro como pocos.- replico continuando con la defensa del niño. Cuando Ambrosio y Rosalía conversaban a solas les salía natural el acento de su tierra natal que trataban de disimular en conversaciones con el resto del pueblo.

-De todas maneras Rosalía, debéis estar alerta por que yo no quiero un ladronzuelo en casa.-, -Insisto que no es ladrón.- Afirmó molesta Rosalía. –Pues no estaría demás si averiguáis el origen de la piedra.- Y así fue que Rosalía acepto indagar el asunto más profundamente.

A la mañana siguiente, Leoncio Pérez y su sobrino partieron hacia el camino a buscar al potro, esta vez montaron en mulas para no repetir el suceso de dos días antes. La búsqueda fue improductiva, tras dos días de trajín en el bosque no encontraron al potro, Leoncio estaba que echaba chispas de furia, una vez que volvió a la casa el tío botó al niño pidiéndole que se fuera para siempre de su casa, el no quería tener un inútil que alimentar. El niño muy asustado por la decisión del tío trató de explicar con detalles la perdida del potro pero no recibió oportunidad para hacerlo.

Resignado a la injusticia de la que había sido objeto y sintiendo un gran alivio al saber que terminaría el sufrimiento por la dureza de carácter del tío, Carlitos abandonó la casa de Leoncio Pérez bajo cuya tutela vivió los últimos años. Carlitos no tenía opción, la única persona que le daría cobijo era la profesora de castellano Rosalía Martínez, fue hacia allá que encaminó sus pasos.

Ambrosio Montiel era un hombre caritativo, sin embargo no le gustó para nada que el niño fuera alojado en su casa por un tiempo, -¡Mujer! ¿Que tal si el mozalbete es un ladrón?- molesto y preocupado señaló Ambrosio, -Dadle la oportunidad de explicar de donde salió la piedra, si la respuesta no os convence simplemente no le alojamos.- Y fue así que Carlitos relató al metalista la aventura que había vivido días atrás, contó como había encontrado la piedrita metálica y para demostrar que decía la verdad enseñó a Ambrosio las otras dos piedras doradas de metal refulgente. La claridad con la que Carlitos relató el suceso pareció aceptable para el buen hombre, aunque lo que realmente le convenció fue saber de la existencia de las otras dos piedras. Ambrosio explicó al niño que lo que había encontrado el  bosque eran pepitas de oro de muy buena calidad y que probablemente hubieran más en el lugar del hallazgo, Preguntó por el sitio donde el mozalbete había encontrado las piedritas,  Carlitos por ese extraño instinto que nace en los niños que han sufrido mucho dijo no recordar el lugar ya que fue durante la noche que llegó por casualidad al hoyo que le sirvió de lecho. Ambrosio aunque no era un individuo muy ambicioso esta vez sintió el prurito del oro, el nacimiento de la obsesión por el dorado metal, entonces prefirió darle tiempo al niño sin que este se percatara del inusitado interés.

Rosalía Martínez no advirtió el repentino interés de su marido por el oro del niño, creyó que el español aceptaba recibir a Carlitos como alojado por su espíritu caritativo, Ambrosio se mostraba gratamente hospitalario con el niño lo cual no causó sorpresa en la mujer, pensó que el niño había conmovido naturalmente a su marido. Pasaron algunos días sin que se volviera a tocar el tema del oro, Rosalía habló con Leoncio para avisarle que el niño se había quedado con ella a lo que el tío del niño respondió que el no tenía ningún interés en que Carlitos volviera a su tutela. Esto tranquilizó a  Rosalía que se había encariñado más del niño.

Pasado un tiempo prudente, el español decidió que era momento de interrogar nuevamente al niño. Ambrosio pensó en la manera mas efectiva de abordar el tema sin despertar sospecha en Carlitos. Ideo un plan, iba a mostrarse como protector cariñoso para poder obtener la información que tanto deseaba, pensó en llevar al niño a caminar por el campo y suavemente tocar el tema del valor del oro para despertar en el niño el interés por el metal, poco a poco iría obteniendo la información de la veta encontrada por el muchacho.

Carlitos había percibido que detrás de tanto afecto había intención no muy clara de su nuevo tutor, y negó recordar la ruta de vuelta al hoyo del filón del las piedritas de oro. Tan consecuente fue la negativa del recuerdo que Ambrosio terminó por perder interés en el asunto y asumió de buena manera que el niño decía la verdad, decidió volcarse de lleno a la función de tutor.

Para Ambrosio, que a pesar de haber convivido con Rosalía durante 15 años no tuvo familia, la convivencia con Carlitos iluminó su vida, el muchacho represento para él lo más próximo a la experiencia de amor de padre, llenó sus horas vacías y le permitió transmitir  ideas y conocimientos que a todo padre le interesa comunicar. Para Carlitos Ambrosio representó la imagen de padre que no había conocido con anterioridad, perdió el recelo inicial para convertirse en un compañero y ayuda leal al tutor, hasta decidió llamarle Papá.


Capítulo 4

Pasaron seis años sin muchas complicaciones, la vida en el hogar de los españoles fue sencilla, buena vida para Carlitos que se convirtió en un activo joven de 17 años, fue entonces que las cosas comenzaron a cambiar. Rosalía enfermó de cáncer fulminante y murió en un plazo de tres meses sin que los médicos de La Paz donde fue tratada pudieran detener la cruel enfermedad. El golpe fue muy duro para Ambrosio que perdió al amor de su vida por el cual 21 años atrás se jugó entero, para Carlos la pena no fue menor porque perdió a su protectora, a la persona que confió plenamente en el, la mujer que fue por la que conoció el amor de una madre.

Durante los siguientes meses Ambrosio se sumió en una tristeza profunda, mermó el interés por todas las cosas que habían rodeado su vida a tal punto que ya no salía de la casa, ni siquiera encendía la lámpara de querosén para alumbrarse en la noche, desmejoró físicamente, perdió mucho peso y su pelo encaneció rápidamente. Carlos a pesar de su juventud cayó en cuenta que si no hacía algo para remediar la situación perdería a su querido benefactor también. El joven pasó varias noches sin dormir tratando de hallar la solución a la tristeza del padre adoptivo, cuando súbitamente recordó el antiguo interés del español por las pepitas de oro que encontrara en su niñez, al día siguiente desenterró las piedras que había ocultado como su máximo tesoro en el suelo del gallinero, ideó la forma de llamar la atención de Ambrosio para buscar nuevamente la veta del oro. Como Carlos había negado permanentemente el recuerdo de la ruta a la veta, tuvo que inventar una historia para no contradecir la ausencia de recuerdo. El joven le contó a Ambrosio que había soñado con Rosalía y en sueños ella le había mostrado el camino para que los dos pudieran explotar el oro y pudieran establecerse en una ciudad grande para vivir con las comodidades que la urbe moderna pudiera ofrecerles.

Al principio Ambrosio fue reticente a la idea, pero tanto insistió Carlos que terminó por aceptar no de muy buena gana acompañar al joven en la aventura de localizar el yacimiento de las piedras de oro. Carlos vendió las tres pepitas que había guardado desde su niñez, cantidad que sumada a los ahorros que Ambrosio había reservado durante varios años fue suficiente para comprar dos mulas, las herramientas de minería que consideraba como necesarias, y  vituallas para adentrarse en el monte en busca del filón del oro.

Si bien Carlos tenía claro el recuerdo del camino que lo llevaría de vuelta a la veta del oro, en seis años algunas cosas habían cambiado, el retorno no resultó tan fácil como el joven supuso inicialmente, pero luego de varios intentos, logró al fin encontrar el sitio que hace años le había servido de lecho y donde encontrara las tres pepitas de oro. El hallazgo del lugar logró despertar una suave señal de entusiasmo en el español,  como suele suceder con la mayoría de los seres humanos, la idea de acumular grandes cantidades del precioso metal inició un proceso mental que crecería al paso del tiempo provocando una gratificación casi obscena en el padre adoptivo de Carlos imaginando la tenencia de bienes y poder como resultado de la riqueza que le podría proporcionar el oro.

En el sitio, diseñaron un plan de trabajo, lo harían por turnos, mientras uno vigilaba la posible llegada de extraños, el otro trabajaría en la excavación buscando las piedrillas brillantes o pepitas de oro. No encenderían fuego durante la noche para no llamar la atención de personas que pudieran estar cerca al improvisado campamento. Decidieron realizar las faenas con extremo cuidado para no despertar sospechas de los casuales viajeros que acertaran a pasar por el lugar, excavaban hoyos de un metro por un metro y si buscaban las chispas o pepitas de oro, luego cubrían el hoyo disimulando lo mejor posible para que no se notara una actividad minera en la zona. Ellos sabían que no pasaría mucho tiempo antes los intrusos comenzarían a llegar para competir por el sitio del oro.

Padre e hijo se dedicaron a la tarea de excavar varios días, al principio no encontraron las buscadas pepitas doradas, la tarea se tornaba desalentadora ya que no lograban ni el más mínimo hallazgo  del escurridizo metal,  las dudas de que se tratara de un filón desgastaban las esperanzas, sin embargo, luego de tres semanas de búsqueda intensa grande fue la sorpresa cuando en lugar de las piedras del dorado mineral encontraron dos piezas de joyas trabajadas en oro, la asombro fue mayúsculo.  Luego de meditar los hechos ambos llegaron a la conclusión de que no se trataba de un filón de oro, parecía tratarse de un “tapado” nombre con el que se conoce al entierro de objetos valiosos con el fin de protegerlos de ladrones, u otros inescrupulosos interesados en apropiarse de dichos objetos, esa costumbre fue muy difundida durante la colonia y los primeros años de la República debido ausencia de establecimientos mercantiles que pudieran  custodiar los valores.


Capítulo 5

Durante la guerra de la independencia de Bolivia el caudillo José Lanza contaba con un leal y servicial asistente el Teniente Villagómez quien acompaño y combatió al lado de Lanza en casi todas las batallas llegando a hacerse acreedor a la irrestricta confianza  de parte del general. En una ocasión cuando el General Lanza se encontraba reabasteciendo su ejercito en los yungas paceños, exhortó a los pobladores de la región unirse a la causa de la revolución permitiendo a los jóvenes alistarse en su ejercito o contribuyendo económicamente para sostener la milicia que tan aguerridamente peleaba contra los realistas. Fue así, gracias al animoso sentimiento independentista reinante en la época la población contribuyó generosamente a la causa del caudillo paceño lográndose llenar dos petacas de cuero con oro y plata no trabajados, joyas, piedras preciosas sueltas y engarzadas y monedas de plata y oro.

Circunstancialmente, el escenario de la guerra se inclinó al lado de los realistas, situación que obligó a una retirada táctica. El general ordenó a su leal asistente resguardar el tesoro sepultándolo en algún lugar secreto evitando que cayese en manos del enemigo. El teniente enterró en secreto el tesoro y diseño un mapa del lugar para poder recuperar las joyas cuando el general se lo pidiese.

Por motivos ajenos a la voluntad del General Lanza el tesoro no se llegó a utilizar para el ejercito y quedó resguardado bajo tierra y bajo el estricto sentido del deber del militar de Villagómez.

Más de un siglo después, otro militar, el Teniente Arturo Villagómez, tataranieto del primer Teniente Villagómez soñaba con encontrar el tesoro que había sido enterrado por el asistente del general Lanza, su tatarabuelo. Durante la niñez Arturo escuchó muchas veces la historia del tesoro enterrado por su ancestro, historia que había pasado de padres a hijos durante varias generaciones perdiendo precisión en cuanto a la ubicación del entierro. Arturo logró una beca de estudios en la Academia Militar de Venezuela, aprovechó la estadía en aquel país para consultar archivos históricos del General Bolívar con el fin de encontrar referencias que le ayudaran a verificar la veracidad histórica del tesoro enterrado. Arturo efectivamente encontró notas fidedignas en las que se hacia mención a la actividad del General Lanza y a la posible existencia del tesoro.  Con información obtenida en Venezuela y la que había escuchado en el seno de su familia, Arturo tenía un conocimiento aproximado de la zona donde podría estar el atesorado entierro por tanto no perdía ocasión de salir en su búsqueda cada vez que le era posible.

Ambrosio y Carlos continuaron excavando ordenadamente para poder encontrar el supuesto tapado. Lo que no pudieron notar padre e hijo es que su labor de búsqueda  había estado bajo el escrutinio de un sigiloso visitante que les observaba desde un punto cercano sin que su presencia pudiese ser descubierta. Demetrio Sánchez observando con mucho interés logró descubrir el propósito de la tarea de Ambrosio y Carlos. Demetrio era un joven procedente del Perú su país, conocido en su círculo como el Gato Puma, era la consecuencia de un fugaz romance entre una joven trabajadora doméstica de la Zona del Callao y un marinero portugués del cual no se conocía ni el nombre, creció  en la calle, rodeado de mucha pobreza y grandes frustraciones que dieron como resultado un comportamiento alejado de la ley. Rápidamente se convirtió en un sigiloso y hábil  ladrón que estudiaba con suficiente antelación los hábitos de las posibles víctimas para dar golpes certeros en robos a domicilios y comercios de su ciudad. Nunca usó la violencia, su principal habilidad era ganarse la confianza de la gente en el lugar donde operaba, daba el golpe y desaparecía para siempre buscando nuevos lugares para nuevas fechorías. No faltaron ocasiones en las que Demetrio terminó detenido por la policía y encerrado por temporadas en las celdas de las cárceles del Perú. Fue en una de estas ocasiones que conoció a personas del grupo de guerra PUKA, agrupación de carácter delictivo encubierto por una farsa de ideología revolucionaria combinada con una obstinada xenofobia e insatisfacción. El grupo se dedicaba al atraco de sucursales de banco y remesas trasportadas por vía terrestre desde la capital hacia los centros de producción.  Aprovechando las habilidades de observación de Demetrio, el grupo luego de reclutarlo le asigno la tarea de vigilancia a los objetivos seleccionados por el estado mayor del PUKA.

El grupo PUKA fue acorralado por la Policía Peruana provocando el desbande de sus integrantes algunos de los cuales cruzaron la frontera hacia Bolivia escondiéndose en las proximidades del pueblo de La Asunta. Tratando de pasar inadvertidos tres miembros del grupo entre los que encontraba Demetrio se ocultaban en la espesura del bosque. Demetrio poseía gran habilidad innata para moverse sigilosamente y podía pasar inadvertido en cualquier terreno, por el contrario, sus dos compañeros eran torpes atracadores de caminos, prontamente fueron descubiertos por los pobladores aledaños quienes pidieron apoyo al regimiento de infantería acantonado en la provincia.

No fue casualidad que el Teniente Arturo Villagómez estuviera destinado en dicho regimiento, el había solicitado el destino para estar mas cerca de su propia búsqueda del tesoro. El comandante del regimiento sabía que el teniente era conocedor de la zona, por tanto le asignó la tarea de apresar al grupo de atracadores procedentes del PUKA que se encontraban causando inquietud en la población por sus continuas fechorías. Villagómez juntamente a tres soldados partieron a caballo a la búsqueda de los atracadores.

Un día domingo de octubre, en las proximidades del hoyo que años antes había servido de lecho a Carlitos y donde el niño halló las primeras pepitas de oro, padre e hijo lograron descubrir  vestigios del cuero que en su momento habrían sido las petacas del General Lanza que contenían el tesoro enterrado por más de un siglo encontrando oro, plata y joyas sin mas protección que la tierra y la vegetación del lugar. Ambos quedaron extasiados y distraídos por el descubrimiento, descuidando la vigilancia se engolosinaron admirando las piezas mas notorias del entierro.

Los acontecimientos que siguieron ese día fueron tan intensos que Carlos reviviría el resto de su vida como si los estaría viviendo ese mismo momento  “En ese instante, Demetrio Sánchez juzga que es el momento oportuno de eliminar a Carlos y Ambrosio para apoderarse del tesoro del tapado, acercándose sigilosamente al lugar donde se encuentran padre e hijo embelesados y distraídos no se percatan que habían sido rodeados por los atracadores, sorprendidos y consternados no tienen ocasión de recurrir a sus armas. Demetrio apunta a la sien de Carlos y los otros dos secuaces admiran boquiabiertos el contenido de las dos petacas de cuero parcialmente desenterradas, no dejan de apuntar a Ambrosio. Se escucha un disparo y uno de los atracadores cae de bruces fulminado. Rápidamente Demetrio cae en cuenta que han sido rodeados por los militares, con reflejos felinos Demetrio logra disparar hiriendo al Teniente Villagómez en el hombro derecho, el tercer atracador dispara contra Ambrosio matándolo en el acto, al mismo tiempo recibe un balazo en la pierna derecha dañando la arteria femoral, el maleante herido logra moverse a rastras  y se parapeta tras de un árbol, con dos disparos certeros logra abatir a dos de los tres soldados, el tercer soldados es abatido por Demetrio, mientras tanto Carlos ha logrado apoderarse el revolver que dejó caer el primer atracador muerto, el joven lleno de ira y dolor por la perdida de su padre dispara los seis tiros hacia la humanidad de Demetrio que se encuentra de espaldas tratando de ver si quedan mas militares, Carlos logra acertar un disparo en el cuello de Demetrio atravesando una de las vertebras cervicales y otro perforándole el pulmón derecho. Demetrio se desangra y muere rápidamente. Pasan dos horas en silencio, Carlos queda inmóvil por la abrumante sensación de advertir que ha matado por primera vez a un hombre, el joven decide moverse  y escucha los lamentos de dolor del teniente, cae en cuenta que solo el y el militar han sobrevivido a la balacera, todos los demás están muertos.

Cuidadosamente vuelve a enterrar las joyas disimulando el entierro con ramas y piedras y con algo de la vegetación seca. Luego cautelosamente se acerca al teniente,  le ve muy mal herido, Carlos sabe que la vida del teniente depende de él, con mucha dificultad logra subirle a uno de los caballos, carga el cadáver de su padre en otro y montando al tercer caballo se dirige hacia el regimiento. La llegada al cuartel se produce a las 3 de la madrugada, Arturo esta inconsciente por la perdida de sangre, rápidamente es atendido por el médico del regimiento, Carlos relata brevemente lo ocurrido teniendo cuidado de no revelar la existencia de las petacas del tesoro”.


Capítulo 6

Carlos llevó el cuerpo inerte de su padre adoptivo al pueblo, el cuerpo sin vida de Ambrosio se enterró al lado de su amada esposa fallecida no mucho tiempo atrás. El dolor por la perdida de su tutor era tan grande, que Carlos pensó que debía olvidar el tesoro que posiblemente este estaba maldito y que ya había costado mucha sangre.

Mientras tanto, el Teniente Arturo Villagómez se recuperó lentamente en el Hospital Militar de La Paz, nunca supo lo cerca que estuvo del anhelado tesoro.

Carlos pasó por una etapa de apatía profunda por meses, la tristeza y la soledad le consumían y no le permitían hacer algo por su vida, fue vendiendo los bienes que heredó de sus padres hasta quedar en la casa prácticamente vacía.

El joven terminó vendiendo la casa para comprar un bus que le permita sobrevivir trasportando pasajeros y mercadería del pueblo a la ciudad y viceversa. Contrató un chofer para que pudiera manejar el bus en turnos alternadamente con él. El negocio del transporte le permitía sobrevivir y tener una vida un cuanto holgada. Fue en uno de estos viajes que un pasajero subió al bus cargando una petaca similar a las petacas con el tesoro, este hecho despertó en Carlos la necesidad de volver a lugar del tesoro y rescatar un sueño de muchos años, lo haría en memoria  de su querido padre.

Compró dos cajas metálicas y las aseguró en el techo del bus con solida cerradura y fuertes candados que servirían para contener las joyas y el metal del tesoro, como el bus era suyo no tuvo que dar explicaciones a nadie por la modificación del vehículo.  

Cuando el acondicionamiento del bus estuvo listo, Carlos se dirigió hacia el lugar más próximo al tesoro como podía acercarse el vehículo. No le fue difícil encontrar el sitio del entierro y trabajando solo, durante toda una noche logro cargar el tesoro en las cajas metálicas del bus.

Ese mismo día, partiría con la preciada carga rumbo a La Paz. En el pueblo procedió al embarque de pasajeros para la ciudad. Solo subieron seis viajeros, Carlos pensó que por tratarse de una jornada muy especial no importaba, cuantos menos gente mejor. Partió conduciendo personalmente el bus rumbo a la ciudad. A la mitad del camino cambió de puesto con el chofer, y se acomodó para dormitar un poco, el sol de media tarde era inclemente, la temperatura al interior del bus era superior a la temperatura exterior. El joven miraba a través del parabrisas concentrado en la figura del caballito metálico del capó del vehículo, tan absorto estaba en sus pensamientos que no notó que el chofer había quedado dormido perdiendo el control del vehículo precipitándose por el precipicio al costado del camino. El bus cayó unos doce metros para impactar con una saliente de roca como terraza, Carlos salió disparado a través del parabrisas para caer en la saliente de roca mientras el bus con el resto de las personas continuó con la caída vertical por cerca de doscientos cincuenta metros de pared vertical para terminar en el fondo del precipicio cubierto por la vegetación tropical del lugar.

Cuando Carlos despertó era de noche afortunadamente la luna llena iluminaba claramente la zona,  pudo ver lo espantoso de su realidad, un fuerte dolor en el pecho le hizo pensar que tendría algunas costillas rotas, notó también que tenía destrozada la nariz, tenia algunos dedos de ambas manos con fracturas y dislocaduras, probablemente el fémur derecho partido. Supo que tendría que esperar hasta el día siguiente para ver como podría remediar la situación. Con mucho dolor pasó la noche inmóvil y abrumado por su mala suerte, el tesoro volvía a jugarle una mala pasada. Al amanecer Carlos escuchó que un camión se acercaba por el camino,  gritó con todas las fuerzas que le permitían sus costillas averiadas pero nadie le escucho, pasaron varios vehículos en ambas direcciones pero nadie le escuchó. Al atardecer de ese día muy deshidratado por el calor y el sufrimiento de las fracturas  permanecía inmóvil a tal punto que los gallinazos sobrevolaban el lugar anticipando el festín que sería el cuerpo de Carlos.


Epílogo

Este detalle llamó la atención de un motociclista solitario que pasaba por ahí. Detuvo la moto y se arrimó hacia el barranco y pudo ver el cuerpo de Carlos algunos metros mas abajo. Con ayuda de un piolín le acercó a Carlos una cantimplora con medio litro agua y se dirigió al poblado más cercano para pedir ayuda. La providencia salvó una vez mas a Carlos.

Con ayuda de cuerdas y una camilla improvisada con una puerta de madera, lograron subir a un inconsciente Carlos quien despertó muchas horas mas tarde en una cama del Hospital General de La Paz. Oficiales de Transito intentaron indagar como era que el joven había caído por el barranco hasta la cornisa. Carlos guardo en reserva los detalles del accidente y les dijo que había caído de la carrocería de un camión en movimiento y que el chofer no se había percatado de su caída. Con ese relato se cerró la investigación y nadie volvió a preguntar por el hecho.

Si bien los médicos curaron los huesos de Carlos no se percataron que la abundante cabellera del joven ocultaba un fuerte golpe en la nuca producto de la caída del bus. Este golpe había provocado una hemorragia interna en la cabeza que por momentos producía incoherencias en el comportamiento del joven. Pasó el tiempo y Carlos seguía en el hospital, había perdido la noción del tiempo, no sabía si habían pasado semanas o meses o acaso años desde el accidente.

José Antonio Valenzuela era el hijo menor de cinco hijos varones en un hogar de exitosos médicos. El padre decano de la Facultad de Medicina fue la inspiración de los cinco hijos, de tal manera que todos llegaran a graduarse de médicos, sin embargo el más joven de los hermanos era el de menor convicción. Ingresó a la facultad para no ser la oveja negra de la familia, la verdad es que la medicina no era su verdadera vocación. Siguió ejerciendo la profesión con enorme resignación a la espera de que algún giro del destino pudiera cambiar su vida.

El Dr. Valenzuela visitaba a diario a Carlos en el Hospital, sentado al borde de la cama escuchaba el relato del tesoro por enésima vez - Doctor, debo ir a buscar mi bus, yo se exactamente donde está, mire este es un mapa del lugar, ayúdeme doctor-. El doctor Valenzuela contemplaba pacientemente a Carlos, miró el rudimentario mapa lugar dibujado en una hoja de cuaderno mostrando el lugar donde cayó el bus, con indiferencia guardó la pieza de papel en el bolsillo de su bata.

Carlos inquieto y desesperado le preguntó al médico –¿Usted no me cree doctor, cree que es pura fantasía lo que le conté? -  desesperado gritó - ¿POR QUE NADIE ME CREE? – el Dr. Valenzuela solo sonrió, hizo un guiño con el ojo derecho y salió de la habitación. Pidió al guardia que abriera la puerta del Pabellón de Psiquiatría del Hospital, salió apurado del nosocomio, ya en la calle apretó fuertemente la pieza de papel con el mapa, la suave expresión de su cara se transformó rápidamente por el semblante de la acida codicia y dijo para su interior – ¡YO SI TE CREO CARLOS! -