Cuento
(Narrador ficcional femenino)
Percy Grundy Bilbao
Revisado en septiembre 2011
Toda
redactora de prensa afamada y con experiencia como la mía, sabe que hay días en
los que se tropieza con una terrible ausencia de creatividad, la misma que puede perjudicar seriamente la
carrera de una periodista de prestigio y ampliamente galardonada como yo.
Un
día, la ausencia de inspiración llegó a un límite peligroso, así que, en resguardo
de mi trabajo y urgida de material creativo, me atreví a realizar un sondeo en
la calle en el que preguntaba a los transeúntes si tenían una propia opinión
del color de la noche, no les sorprenderá comprobar que todos los consultados afirmaron
que la noche es realmente negra.
Personalmente,
como periodista responsable me sentía obligada a ser escéptica, pensé que era
mi deber patentizar por mi misma tales afirmaciones. Para resolver mis dudas, por lo tanto, decidí realizar una confirmación en el
terreno mismo. Solicité al canal dos asistentes, a los dos que habían sido mis
compañeros más confiables en varias situaciones de reportaje: el camarógrafo de
videocámara y la editora de post producción. Decidimos entre los tres que la
mejor hora para salir al terreno era después de la media noche.
Al principio todo fue cotidiano, como cualquier
viernes por la noche en La Paz. Eliza la editora de post producción conducía el
jeep, confiábamos en ella por que aprendió a conducir desde muy joven, su padre fue campeón nacional de automovilismo deportivo de la
categoría “N”.
Ámbar...
Escogimos
un local al azar, era un restaurante convencional que pasada la hora de la
comida se convertía en bar, el lugar no tenía nada de extraordinario, un fuerte
olor a comida mezclado al del cigarrillo llenaba el ambiente. La mayoría de los
clientes eran varones, solo unas pocas mujeres participaban de la reunión
nocturna. Sobre las mesas se veían en su mayoría botellas de cerveza de color
ámbar, los vasos con cerveza o mezcla de ron y bebida de cola presentaban, asimismo,
variados matices de ese color.
Cerca
de una de las esquinas había una mesa con un ocupante solitario. Era un hombre
de unos cincuenta años mas o menos, vestía prolijamente aunque su pelo estaba
un poco crecido, a primera impresión se
podía notar, que el individuo no hacia juego con los otros parroquianos. Esto
llamó ciertamente nuestra atención y decidimos realizar la primera encuesta
sobre el color de la noche.
Luego
de identificarme le consulté cortésmente si accedía a la entrevista, respondió
con la misma educación que gustoso aceptaba responder siempre y cuando no
mostráramos su rostro en la televisión.
El
hombre empezó a hablar aun antes de la primera pregunta, -mi nombre es Julián, yo no tengo amigos dijo, cuando me sobraba el
dinero mi mesa era la más concurrida, tampoco tuve suerte con las mujeres,
estuve casado dos veces y dos veces me divorcié, ambas mujeres se quedaron con
buena parte de mi plata, en esa época no me importaba mucho, pero ahora me doy
cuenta que dejaron mucha amargura dentro.- Mientras relataba su historia,
el hombre bebía largos sorbos de cerveza. El relato continuó, haciendo que yo
casi olvidara el propósito de la entrevista.
-Yo era gerente del Banco, dijo, hace seis meses renuncié a mi trabajo, ya no veo a mis compañeros ni a
mis parientes.- En ese momento, yo
ya tenía una opinión formada respecto a este individuo, aunque él no lo
percibía, era él mismo quien buscaba su propia soledad. De golpe detuvo su
relato, -permítame -dijo, -que yo les guíe para que ustedes
conozcan el color de la noche.-
Consulté con la mirada a mis compañeros y ellos estuvieron de acuerdo en
incluir Julián en el grupo de pesquisa.
Azul....
Solo
en el momento que Julián se levantó de la silla, noté su estatura, era un
hombre grande y grueso, vestía un traje azul con delgadas franjas grises, una
camisa azul claro y una corbata tornasol de colores azulados. Salimos del
bar, sugirió educadamente dividir el
grupo en dos, Eliza y Raúl irían en el jeep y Julián y yo en el auto de él.
Caminamos dos cuadras hasta llegar al lote de parqueo donde se encontraba su
vehículo. Ya dentro del parqueo caminamos hasta un BMW color azul metálico con
el tapizado en fino cuero azul. Subimos al carro y rápidamente alcanzamos
al jeep de mis compañeros.
Violeta....
Llegamos
a un night club, uno como tantos otros, en verdad no conozco tantos night clubs
como para afirmar eso, pero me imagino, que la mayoría son así: oscuros,
sórdidos, olor a tabaco y alcohol, sillones tipo sofá, mesas pequeñas, mozos
neutros a quienes no podrías reconocer en la calle, es decir, el lugar propicio para el anonimato.
Julián
preguntó por Violeta, le dijeron que ella
estaba por llegar, un poco
contrariado pidió al mozo una botella de ron.
Mientras esperábamos por Violeta, Julián nos contó que había conocido a
la mujer en el mismo night club un año atrás, el sentía que estaba perdidamente
enamorado y que lo único que le interesaba en la vida era estar con Violeta;
todo iba bien hasta que ella le dijo que no lo quería. Fue entonces que el
mundo se le vino abajo, ya no pudo ser más el eficiente gerente que por mucho
tiempo había sido, sus amigos y
parientes poco a poco se apartaron de el. A pesar de todo, él seguía con la
esperanza de que Violeta cambiara.
Violeta
no tardó mucho en llegar, le avisaron que Julián preguntaba por ella, se acercó directamente a la mesa donde nos
encontrábamos. Era una mujer realmente muy atractiva, unos 30 años, piel muy
blanca, abundante pelo negro, bello rostro y un cuerpo que mostraba un impecable trabajo de gimnasio. Saludó
cortésmente, y pidió a Julián hablar en privado, se alejaron un poco, el
volumen de la música no permitía escuchar lo que se decían, pero, era evidente
por los gestos de Violeta que nuevamente rechazaba a nuestro compañero
ocasional.
Volvió
Julián a la mesa notoriamente abatido,
pidió que nos fuéramos del lugar.
Rojo....
Volvimos
a dividir el grupo, mis compañeros en el jeep y Julián y yo en el BMW. Julián
condujo el vehículo sin decir una sola palabra, ya no se veía tan prolijo,
parecía que en su rostro había crecido algo la barba, con una mano aflojó ligeramente
la corbata, se notaba humedad en los enrojecidos ojos y al mismo tiempo se veía
algo de sudor en su frente. Conducía algo rápido, se paso tres semáforos en
rojo lo que hizo que perdiéramos contacto visual con el jeep. Súbitamente se
dirigió hacia el Puente de las Américas, detuvo el auto a la mitad del puente,
sin decir palabra salió de vehículo, ágilmente subió a la baranda y se arrojo
al vacío. Todo sucedió tan precipitadamente, ni siquiera pude gritar del
estupor que me produjo. Pasaron dos minutos antes que mis compañeros llegaran
en el jeep, solo ese momento pude acercarme a ver desde la baranda del puente.
Julián yacía treinta metros más abajo en un rojo charco de sangre.
Pedí
a Raúl que no filmara el macabro evento, recordé que Julián insistió en no
salir en televisión al momento de aceptar nuestra entrevista, decidí respetar
esa decisión.
Verde....
No
pasaron muchos minutos antes que los autos patrulla de la policía llegaran a la
escena. En impecables uniformes verdes los policías acordonaron el lugar para
proceder a la investigación del suceso. No tardaron en reunirse muchos
transeúntes noctámbulos ansiosos de emitir sus propios veredictos de lo
acontecido, varias de estas personas con rostros que manifestaban expresiones
de gran curiosidad masticaban verdes hojas de coca para combatir el frio de la
noche.
Noté
que Raúl a pesar de mi petición filmaba disimuladamente lo sucedido. Decidí no
condenar esta acción ya que el periodista hace lo imposible por una noticia que
es primicia.
Negro….
Resolví
que en función de lo acontecido deberíamos suspender el reportaje hasta
apaciguar la ansiedad que había producido en mi persona presenciar un suicidio
en vivo y en directo, en primera fila.
Volvimos
al canal para devolver el Jeep y el material de filmación, el edificio estaba
casi desierto, la cafetería aún en servicio era un lugar adecuado para comentar
con mis ayudantes sobre lo conseguido hasta ahora con el reportaje. Conversamos
durante hora y media mientras bebíamos aromáticas tasas de negro y amargo café.
Raúl
se fue para la sala de edición a preparar el video del suicidio que saldría en
la edición matinal. Eliza y yo volvimos a nuestras casas para descansar, aunque
en verdad esa noche no pude conciliar el sueño, permanecí sentada en mi cama
hasta que el amanecer borrara lo negro de la noche.
El
reportaje sobre el color de la noche nunca se terminó.