domingo, 30 de septiembre de 2012

El Color de la Noche


Cuento 
(Narrador ficcional femenino)
Percy Grundy Bilbao
Revisado en septiembre 2011

Toda redactora de prensa afamada y con experiencia como la mía, sabe que hay días en los que se tropieza con una terrible ausencia de creatividad,  la misma que puede perjudicar seriamente la carrera de una periodista de prestigio y ampliamente galardonada como yo.

Un día, la ausencia de inspiración llegó a un límite peligroso, así que, en resguardo de mi trabajo y urgida de material creativo, me atreví a realizar un sondeo en la calle en el que preguntaba a los transeúntes si tenían una propia opinión del color de la noche, no les sorprenderá comprobar que todos los consultados afirmaron que la noche es realmente negra.

Personalmente, como periodista responsable me sentía obligada a ser escéptica, pensé que era mi deber patentizar por mi misma tales afirmaciones. Para resolver mis dudas, por lo tanto, decidí realizar una confirmación en el terreno mismo. Solicité al canal dos asistentes, a los dos que habían sido mis compañeros más confiables en varias situaciones de reportaje: el camarógrafo de videocámara y la editora de post producción. Decidimos entre los tres que la mejor hora para salir al terreno era después de la media noche.

Al  principio todo fue cotidiano, como cualquier viernes por la noche en La Paz. Eliza la editora de post producción conducía el jeep, confiábamos en ella por que aprendió a conducir desde muy joven,  su padre fue campeón  nacional de automovilismo deportivo de la categoría “N”.

Ámbar...

Escogimos un local al azar, era un restaurante convencional que pasada la hora de la comida se convertía en bar, el lugar no tenía nada de extraordinario, un fuerte olor a comida mezclado al del cigarrillo llenaba el ambiente. La mayoría de los clientes eran varones, solo unas pocas mujeres participaban de la reunión nocturna. Sobre las mesas se veían en su mayoría botellas de cerveza de color ámbar, los vasos con cerveza o mezcla de ron y bebida de cola presentaban, asimismo, variados matices de ese color.

Cerca de una de las esquinas había una mesa con un ocupante solitario. Era un hombre de unos cincuenta años mas o menos, vestía prolijamente aunque su pelo estaba un  poco crecido, a primera impresión se podía notar, que el individuo no hacia juego con los otros parroquianos. Esto llamó ciertamente nuestra atención y decidimos realizar la primera encuesta sobre el color de la noche.

Luego de identificarme le consulté cortésmente si accedía a la entrevista, respondió con la misma educación que gustoso aceptaba responder siempre y cuando no mostráramos su rostro en la televisión.

El hombre empezó a hablar aun antes de la primera pregunta, -mi nombre es Julián, yo no tengo amigos dijo, cuando me sobraba el dinero mi mesa era la más concurrida, tampoco tuve suerte con las mujeres, estuve casado dos veces y dos veces me divorcié, ambas mujeres se quedaron con buena parte de mi plata, en esa época no me importaba mucho, pero ahora me doy cuenta que dejaron mucha amargura dentro.- Mientras relataba su historia, el hombre bebía largos sorbos de cerveza. El relato continuó, haciendo que yo casi olvidara el propósito de la entrevista.

-Yo era gerente del Banco,  dijo, hace seis meses renuncié a mi trabajo, ya no veo a mis compañeros ni a mis parientes.-  En ese momento, yo ya tenía una opinión formada respecto a este individuo, aunque él no lo percibía, era él mismo quien buscaba su propia soledad. De golpe detuvo su relato, -permítame -dijo, -que yo les guíe para que ustedes conozcan  el color de la noche.- Consulté con la mirada a mis compañeros y ellos estuvieron de acuerdo en incluir Julián en el grupo de pesquisa.

Azul....

Solo en el momento que Julián se levantó de la silla, noté su estatura, era un hombre grande y grueso, vestía un traje azul con delgadas franjas grises, una camisa azul claro y una corbata tornasol de colores azulados. Salimos del bar,  sugirió educadamente dividir el grupo en dos, Eliza y Raúl irían en el jeep y Julián y yo en el auto de él. Caminamos dos cuadras hasta llegar al lote de parqueo donde se encontraba su vehículo. Ya dentro del parqueo caminamos hasta un BMW color azul metálico con el tapizado en fino cuero azul. Subimos al carro y rápidamente alcanzamos al jeep de mis compañeros.

Violeta....

Llegamos a un night club, uno como tantos otros, en verdad no conozco tantos night clubs como para afirmar eso, pero me imagino, que la mayoría son así: oscuros, sórdidos, olor a tabaco y alcohol, sillones tipo sofá, mesas pequeñas, mozos neutros a quienes no podrías reconocer en la calle, es decir, el lugar  propicio para el anonimato.

Julián preguntó por Violeta, le dijeron que ella  estaba por llegar,  un poco contrariado pidió al mozo una botella de ron.  Mientras esperábamos por Violeta, Julián nos contó que había conocido a la mujer en el mismo night club un año atrás, el sentía que estaba perdidamente enamorado y que lo único que le interesaba en la vida era estar con Violeta; todo iba bien hasta que ella le dijo que no lo quería. Fue entonces que el mundo se le vino abajo, ya no pudo ser más el eficiente gerente que por mucho tiempo había sido,  sus amigos y parientes poco a poco se apartaron de el. A pesar de todo, él seguía con la esperanza de que Violeta cambiara.

Violeta no tardó mucho en llegar, le avisaron que Julián preguntaba por ella,  se acercó directamente a la mesa donde nos encontrábamos. Era una mujer realmente muy atractiva, unos 30 años, piel muy blanca, abundante pelo negro, bello rostro y un cuerpo que mostraba un impecable trabajo de gimnasio. Saludó cortésmente, y pidió a Julián hablar en privado, se alejaron un poco, el volumen de la música no permitía escuchar lo que se decían, pero, era evidente por los gestos de Violeta que nuevamente rechazaba a nuestro compañero ocasional.

Volvió Julián a la mesa notoriamente abatido,  pidió que nos fuéramos del lugar.

Rojo....

Volvimos a dividir el grupo, mis compañeros en el jeep y Julián y yo en el BMW. Julián condujo el vehículo sin decir una sola palabra, ya no se veía tan prolijo, parecía que en su rostro había crecido algo la barba, con una mano aflojó ligeramente la corbata, se notaba humedad en los enrojecidos ojos y al mismo tiempo se veía algo de sudor en su frente. Conducía algo rápido, se paso tres semáforos en rojo lo que hizo que perdiéramos contacto visual con el jeep. Súbitamente se dirigió hacia el Puente de las Américas, detuvo el auto a la mitad del puente, sin decir palabra salió de vehículo, ágilmente subió a la baranda y se arrojo al vacío. Todo sucedió tan precipitadamente, ni siquiera pude gritar del estupor que me produjo. Pasaron dos minutos antes que mis compañeros llegaran en el jeep, solo ese momento pude acercarme a ver desde la baranda del puente. Julián yacía treinta metros más abajo en un rojo charco de sangre.

Pedí a Raúl que no filmara el macabro evento, recordé que Julián insistió en no salir en televisión al momento de aceptar nuestra entrevista, decidí respetar esa decisión.

Verde....

No pasaron muchos minutos antes que los autos patrulla de la policía llegaran a la escena. En impecables uniformes verdes los policías acordonaron el lugar para proceder a la investigación del suceso. No tardaron en reunirse muchos transeúntes noctámbulos ansiosos de emitir sus propios veredictos de lo acontecido, varias de estas personas con rostros que manifestaban expresiones de gran curiosidad masticaban verdes hojas de coca para combatir el frio de la noche.

Noté que Raúl a pesar de mi petición filmaba disimuladamente lo sucedido. Decidí no condenar esta acción ya que el periodista hace lo imposible por una noticia que es primicia.

Negro….

Resolví que en función de lo acontecido deberíamos suspender el reportaje hasta apaciguar la ansiedad que había producido en mi persona presenciar un suicidio en vivo y en directo, en primera fila.

Volvimos al canal para devolver el Jeep y el material de filmación, el edificio estaba casi desierto, la cafetería aún en servicio era un lugar adecuado para comentar con mis ayudantes sobre lo conseguido hasta ahora con el reportaje. Conversamos durante hora y media mientras bebíamos aromáticas tasas de negro y amargo café.

Raúl se fue para la sala de edición a preparar el video del suicidio que saldría en la edición matinal. Eliza y yo volvimos a nuestras casas para descansar, aunque en verdad esa noche no pude conciliar el sueño, permanecí sentada en mi cama hasta que el amanecer borrara lo negro de la noche.

El reportaje sobre el color de la noche nunca se terminó.

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